Cuando el poder deja de pasar por las urnas

Durante décadas, la democracia se sostuvo sobre un supuesto básico: que las decisiones colectivas más relevantes se tomaban a través de mecanismos visibles, institucionales y, al menos en teoría, controlables por la ciudadanía.
Ese supuesto está en crisis.
Hoy, una parte creciente del poder real no circula por el voto, el parlamento o el debate público, sino por sistemas algorítmicos que organizan información, priorizan discursos, condicionan mercados y modelan comportamientos sociales a escala masiva.
La democracia sigue existiendo.
Pero ya no decide sola.
Lo que dice Altman (y por qué importa)
Sam Altman, CEO de OpenAI y una de las voces más influyentes en el desarrollo de inteligencia artificial, ha planteado en distintas intervenciones públicas una preocupación que trasciende lo técnico: el desfasaje entre la velocidad del avance tecnológico y la capacidad de las democracias para gobernarlo.
Altman no habla como un militante ni como un académico clásico. Habla desde adentro del sistema que está redefiniendo el poder. Y justamente por eso, su advertencia resulta incómoda.
El problema, señala, no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién decide cómo se usa, bajo qué reglas y con qué controles.
Instituciones lentas, sistemas acelerados
Las democracias modernas fueron diseñadas para deliberar con tiempo, procesar conflictos y construir consensos graduales. Los sistemas algorítmicos, en cambio, operan con lógicas de optimización, eficiencia y velocidad.
Esa asimetría genera una tensión estructural:
- Las instituciones debaten.
- Los algoritmos ejecutan.
Cuando la ejecución se vuelve dominante y la deliberación llega tarde, el centro de gravedad del poder se desplaza.
No hace falta abolir la democracia para vaciarla.
Alcanza con volverla irrelevante frente a sistemas que deciden más rápido.
Gobernar sin comprender
Uno de los riesgos más profundos es la brecha cognitiva entre quienes desarrollan estas tecnologías y quienes deben regularlas.
Legisladores que no entienden cómo funcionan los algoritmos.
Ciudadanos que no saben cómo se ordena la información que consumen.
Estados que reaccionan cuando el daño ya está hecho.
En ese contexto, la gobernanza democrática se transforma en una formalidad: existe en los papeles, pero pierde capacidad real de conducción.
Democracia sin ciudadanía informada
Altman ha insistido en que la inteligencia artificial amplifica tanto lo mejor como lo peor de las sociedades. Pero esa amplificación tiene un costo: una ciudadanía cada vez más mediada por sistemas que no controla ni comprende.
Cuando la información se filtra algorítmicamente, la opinión pública deja de ser un espacio común y se fragmenta en burbujas. Sin un suelo compartido de realidad, la deliberación democrática se vuelve casi imposible.
No es censura.
Es arquitectura invisible del sentido.
El riesgo no es la IA, sino la inercia política
Reducir el problema a “la inteligencia artificial es peligrosa” es una simplificación tranquilizadora. El verdadero riesgo es otro: democracias que no se adaptan mientras el poder sí lo hace.
Altman lo plantea con claridad: si las sociedades no construyen nuevos marcos institucionales para gobernar estas tecnologías, otros lo harán. Y no necesariamente con criterios democráticos.
La historia muestra que el poder nunca queda vacío.
Solo cambia de forma.
Una pregunta que queda abierta
La democracia nació para limitar el poder concentrado.
La pregunta del presente es si puede hacerlo cuando ese poder ya no se presenta como gobierno, sino como infraestructura.
La inteligencia artificial no vota.
Pero cada vez decide más.
¿Puede una democracia sobrevivir si no gobierna los sistemas que organizan la vida social?
