Venezuela: cuando el colapso deja de ser una noticia
Durante años, Venezuela fue presentada como una anomalía política, un caso extremo, una excepción latinoamericana. Hoy, su crisis ya no sorprende. Y cuando un colapso deja de sorprender, deja también de interpelar.
El problema no es solo el poder
Hablar de Venezuela suele derivar rápidamente en nombres propios, ideologías enfrentadas o relatos cerrados. Esa lectura, aunque cómoda, resulta insuficiente.
El deterioro venezolano no puede explicarse únicamente por la concentración de poder o el fracaso de un proyecto político. Es también el resultado de instituciones vaciadas, economías dependientes, elites desconectadas y una sociedad progresivamente expulsada de los mecanismos formales de representación.
Cuando el Estado deja de garantizar condiciones mínimas de previsibilidad, la política se convierte en un lenguaje que ya no ordena la vida cotidiana.
Normalizar el derrumbe
Uno de los rasgos más inquietantes del caso venezolano es la normalización del colapso. La hiperinflación, la migración masiva, el deterioro de servicios básicos y la precarización extrema dejaron de ser urgencias y pasaron a ser paisaje.
La comunidad internacional se acostumbró.
La región se acostumbró.
Incluso parte de la propia sociedad venezolana se vio obligada a acostumbrarse.
Cuando el derrumbe se vuelve rutina, la pregunta ya no es cómo salir, sino cómo sobrevivir.
El éxodo como síntoma, no como solución
Millones de venezolanos abandonaron su país en la última década. El éxodo suele leerse como una válvula de escape, pero también funciona como un indicador estructural: cuando la única estrategia viable es irse, el contrato social ya está roto.
Migrar no es solo una decisión individual. Es una respuesta colectiva a la imposibilidad de proyectar futuro.
Y esa imposibilidad no se construye de un día para otro.
Venezuela como advertencia, no como excepción
El error más frecuente es pensar a Venezuela como un caso aislado. En realidad, funciona como una advertencia amplificada.
Instituciones debilitadas, economías frágiles, liderazgos personalistas, sociedades polarizadas y ciudadanos cada vez más alejados de los procesos reales de decisión no son exclusividad venezolana.
Lo singular no es el problema.
Lo singular es la velocidad y profundidad con la que se expresó.
Cuando la política pierde sentido
En Venezuela, votar dejó de ser sinónimo de elegir. La política formal continúa existiendo, pero su capacidad de ordenar expectativas, distribuir poder y generar confianza se erosionó.
Cuando la política pierde sentido, otros sistemas ocupan su lugar: redes informales, economías paralelas, lealtades personales, supervivencia cotidiana.
No es el fin de la sociedad.
Es el fin de una forma de organizarla.
El silencio como frontera
Quizás el dato más inquietante no sea la crisis en sí, sino el silencio que la rodea. Venezuela ya no genera debate profundo. Genera cansancio.
Y cuando una tragedia deja de generar preguntas, deja de importar.
Ese silencio no es neutral. Es una frontera invisible entre los que todavía creen en salidas colectivas y los que solo administran daños.
Una pregunta incómoda
Venezuela no interpela solo a quienes viven allí. Interpela a toda sociedad que confunde estabilidad con costumbre y gobernabilidad con inercia.
La pregunta no es qué pasó en Venezuela.
La pregunta es cuántos países creen estar a salvo solo porque todavía no llegaron a ese punto.
